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lunes, enero 17, 2005

Cronicas antárticas

Un desierto de glaciares
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No pudo ser. El temporal que se ha levantado nos ha impedido desembarcar en isla Decepción y visitar a nuestros compatriotas de la base Gabriel de Castilla. Nos aseguraron antes de partir que el tiempo en la Antártida cambia de forma drástica, y así es; en muy poco tiempo la tranquilidad se torna en tempestad, con vientos de más de 100 kilómetros por hora y una nevada impresionante. Los pasajeros del Ushuaia oscilan entre el temor y la risa. Imaginen actos tan domésticos como comer, vestirse, lavarse o dormir, con los fuertes bandazos del barco en un mar embravecido. Pero tras el temporal llega la tranquilidad. En la mañana del jueves llegamos por fin al continente antártico. Ante nuestros ojos se alzan las montañas de la Península Antártica, de las que se descuelgan glaciares hasta un mar que, cansado de tanta agitación, se presenta tan manso y limpio que parece un gigantesco espejo cristalino. ¡Es la calma total!
Esta península fue la primera tierra del continente antártico descubierta, hace menos de dos siglos. Mucho antes, los sabios griegos intuyeron la existencia de una Terra Australis Incognita, que vendría a compensar los continentes del hemisferio norte, de ahí su nombre; porque también intuyeron que la tierra era redonda. A finales del siglo XVIII James Cook llegó muy cerca de la Antártida; pero ya en 1603 un marino menos famoso, Gabriel de Castilla, al bordo del Buena Esperanza, consiguió divisar las Shetland del Sur. Hasta 1911 ningún hombre logró llegar hasta el Polo Sur; Amundsen y Scott lo consiguieron, aunque el segundo no conseguiría volver.

Ante tan gigantesca cantidad de hielo (aquí está cerca del 90 por ciento del agua dulce del mundo) pocos dirían que la Antártida es un desierto, con precipitaciones menores que en el Sahara. La escasa nieve que cae se ha acumulado durante milenios, dando lugar a la enorme capa de más de cuatro kilómetros de hielo que cubre este continente. Los glaciares trasportan el hielo hasta el mar originando infinidad de iceberg. Si todo este hielo se fundiera, el nivel de los océanos subiría 60 metros, llegaría a Arcos y Medina. Quizás los líderes políticos que se niegan a reconocer el peligro del cambio climático deberían realizar un viaje a la Antártida para concienciarse de la perentoria necesidad de proteger el continente helado.

Al desembarcar por vez primera en el continente antártico nos espera un grupo de focas de Weddell. Su indolencia parece indicarnos que han olvidado los fatídicos tiempos de las matanzas que las diezmaron con el único objetivo de conseguir grasa para iluminar las noches de las ciudades del mundo desarrollado. Rocas graníticas y metamórficas atestiguan la enorme antigüedad de este continente. Sorprende ver a tantos profesores emocionados ante los glaciares, iceberg, focas o pingüinos, de los que llevan años hablando en las aulas sin haberlos visto nunca. No todo está perdido en la enseñanza, queda todavía el ansia de saber, aunque sea de los profesores.

El Ushuaia sigue navegando por el espectacular Canal de Herrera, un estrecho brazo de mar entre la península y la isla de Ronge. El barco se abre paso entre témpanos de hielo; el sol ilumina cumbres y glaciares aumentando, más si cabe, la belleza de este alucinante paisaje; suena por la megafonía la IX de Bethoven... Llegamos a Bahía Paraíso, inmejorable lugar para celebrar la Navidad. /Juan Clavero, Mercedes Sousa y Lola Yllescas

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