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lunes, julio 11, 2005

Historias contadas por sus protagonistas

La Plata, Argentina - 11 de Julio de 2005 Estudia Biologia y trabaja en la base Jubany
Un platense que hace carrera en la Antártida
Javier Negrete es un amante del estudio de la fauna marina. Un proyecto de investigación le permitió trabajar en el continente blanco, donde pasa gran parte del año, alejado de los seres queridos y un lugar convencional. Pero sueña con ganarse una beca para seguir haciendo ciencia en el país y continuar ligado a esta apasionante y extravagante iniciativa. En esta nota, cuenta sus diversas vivencias en el adverso e inhóspito continente blanco

Poco le faltaba a Javier para terminar la licenciatura de Biología cuando se le presentó la oportunidad de trabajar en la inhóspita Antártida. Sabía el esfuerzo que implicaba el proyecto, lejos de sus afectos y de las costumbres platenses; pero tenía la firme convicción de que su sueño comenzaba a tener forma.
Javier Negrete es el nombre completo de este estudiante de Biología al que sólo le faltan cuatro materias para recibirse. “Me atrasé un poco”, confiesa a los 27 años. En 2003 surgió la oportunidad de viajar al continente blanco. Así, comenzó como técnico de campo en un proyecto de investigación del Instituto Antártico Argentina (IAA).

Elefantes marinos
Los trabajos se centran en el estudio de los elefantes marinos, una pasión que Javier tiene desde muy chico. Por eso, no se arrepiente de haberse lanzado a la hazaña de contribuir con la ciencia y postergar, por un tiempito, los libros de biología.
“Lo que más cuesta es alejarse de los afectos”, reconoce este platense, que sonríe tímidamente cuando se le pregunta por su novia. “A ella le toca la parte más difícil”, ya que en su primer viaje pasó cinco meses en el continente más frío e inhóspito del planeta.

El viaje
La oportunidad surgió hace dos años, a través de un convenio que tiene la Dirección Nacional Antártica con la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Javier fue uno de los estudiantes que se entusiasmaron con la propuesta que le hizo uno de sus profesores.
En septiembre, hizo las valijas, con muchos abrigos en su interior, y se fue a la Brigada Aérea de Palomar, desde donde partió hacia la Antártida en un avión Hércules.
“Me fui con la idea de quedarme tres meses como mucho, pero me terminé quedando cinco”, recuerda este estudiante. Ya en su tercer viaje volverá hacia la Base Jubany, en el archipiélago Shetland del Sur, cuando llegue la próxima primavera.
“El regreso de los dos viajes fue en el rompehielos Almirante Irízar, que se realiza siempre y cuando las condiciones del clima te lo permitan”, cuenta Javier mientras muestra algunas fotos que tiene en suelo antártico.

Aguantar el aislamiento
Javier vive con su mamá -la jueza de Menores, Inés Siro- y su hermana; y hace tres años que está de novio con Paula, una estudiante de Arquitectura que lo apoya en esta interesante y extravagante aventura, que durará dos años más. “Existe la posibilidad de extenderlo, si para fin de año me sale una beca del Conicet”, relata con mucha humildad este futuro biólogo y fanático de la pesca.
Lo más difícil para todos los jóvenes que trabajan en la Antártida es el aislamiento. “Se extraña mucho porque la comunicación no es fácil”, cuenta Javier. Y sonríe cuando recuerda que la intimidad para hablar no existe, porque los radioperadores escuchan todas las conversaciones.

Las “comodidades”
A pesar de que tanto en la base como en el “refugio” que tienen los investigadores platenses se encuentran todas las comodidades, la adversidad del clima muchas veces dificulta tanto el trabajo como la estadía. Es que, aun en primavera, la sensación térmica puede descender a los 20 grados bajo cero.
“Desde el refugio a la base tenemos casi una hora de caminata. Por eso, cuando el clima se complica, se decide no moverse del lugar para prevenir cualquier accidente”, dice el estudiante, que pasó las fiestas de Navidad y Fin de Año en ese recóndito lugar, durante su primer estadía.

Trabajo y esparcimiento
La jornada para los investigadores argentinos -quienes cobran un sueldo llamado “Suplemento Antártico”- comienza temprano, con un buen desayuno y el armado de una guía de trabajo. “Podemos trabajar en los laboratorios que hay en la base o afuera con los animales durante todo el día”, relata Javier con un dejo de orgullo en su voz.
También hay descansos. Al igual que en el almanaque laboral que rige en tierra firme, los investigadores aprovechan los domingos para dormir hasta tarde, charlar y disfrutar de los juegos de salón que tienen en el refugio.
Fuera del alcance del televisor, los antárticos criollos juegan al billar, al ping-pong y las cartas, mientras esperan que comience la semana para trabajar en la pasión que los llevó hasta esa helada y compleja superficie: la conservación de las especies marinas.

Fuerte apuesta para trabajar en Argentina
No es noticia que los jóvenes científicos argentinos sigan sus proyectos fuera de nuestro país. Sin embargo, el estudiante Javier Negrete tiene bien en claro que su futuro está en la Argentina.
“Mi objetivo no es económico, lo único que quiero es trabajar de biólogo y seguir estudiando en mi país”, confiesa. Este joven sabe también que es necesario que la ciencia tenga más apoyo y divulgación.
En la base Jubany, hay cerca de 25 investigadores argentinos en forma permanente. En los meses de “pre campaña”, de septiembre a marzo, el número aumenta, ya que es el ciclo en el que los animales marinos llegan a las costas para reproducirse o mudar su piel.
“Sería importante que hubiese más becas y se difundiera más el trabajo que se hace en la Antártida”, reflexiona Javier, consciente de la importancia que tienen estos proyectos a nivel laboral y científico en toda la sociedad.
En los últimos tres años no fueron más de diez platenses los que viajaron hasta la Antártida, para trabajar en diferentes proyectos ambientalistas. Sin embargo, esas soñadas oportunidades aparecen, y Javier fue uno de los jóvenes que supo aprovecharlas.

Un lugar para la ciencia
En la campaña antártica del verano de 1953/54 se eligió la Caleta Potter, en la región sudoccidental de la isla 25 de Mayo (King George island), archipiélago Shetland del Sur, para establecer una estación de apoyo aeronaval en la bahía Guardia Nacional.
El refugio se habilitó el 21 de noviembre de 1953, e inicialmente se llamó caleta Po-tter. Luego, los pilotos que intervinieron en aquella campaña antártica con hidroaviones Grumman Goose, propusieron que llevara el nombre del aviador José Jubany, muerto en la zona el 14 de septiembre de 1948.
El 12 de febrero de 1982, las instalaciones fueron cedidas a la Dirección Nacional del Instituto Antártico Argentino, y en ese momento recibió su actual denominación: base Jubany. En 1990, el Alfred-Wegener Institut (AWIAlemania) inició tratativas con el Gobierno argentino para la instalación de laboratorios y acuarios en el lugar, con modernos equipamientos para un mayor desarrollo científico. El 20 de enero de 1994 se inauguró el laboratorio Argentino-Aleman “Dallmann”. Actualmente, el laboratorio es el mayor exponente de la cooperación internacional en la Antártida.
También en 1994 fue instalado el laboratorio LAJUB para la ejecución del Programa Efecto Invernadero en colaboración con el IFAR (Instituto de Física Atmosférica de Roma-Italia).
En el año 2001, como parte de un convenio de colaboración entre el Istituto Nazionale di Oceanografia e Geofísica Sperimentale de Trieste (Italia) y el Instituto Antártico Argentino para realizar conjuntamente tareas de investigación en el campo de la sismología, se instaló una estación sismológica permanente.

Estudios de todo tipo
La Base Jubany, donde vive en la Antártida el platense Javier Negrete, permite a investigadores de distintas áreas desarrollar sus planes, en las disciplinas de las ciencias naturales, principalmente de carácter biológico.
Estas tareas se incrementan durante las campañas antárticas de verano. Responden a planes o programas científicos antárticos de ejecución, no sólo a través de organismos o instituciones nacionales sino también, en colaboración con organismos extranjeros.
Se realizaron estudios sobre la conducta humana y su correlación bioquímica; aspectos ecológicos de las comunidades bentónicas, planctónicas y peces costeros; censos poblacionales de pinnípedos con extracción de sangre del elefante marino y del lobo de dos pelos; físico-química y biología de lagos, lagunas y cuerpos de agua; aves y mamíferos; monitoreo de pingüinos, limnología; monitoreo de elementos traza de interés ecotoxicológico en el ecosistema antártico; monitoreo continuo del nivel del mar; en geología y geofísica actividades discontinuas; en ecología costera y microbiología (efecto de la radiación UV sobre el fitoplancton y bacterias marinas); también se lleva a cabo el estudio de oceanografía biológica costera y tres estaciones de la fauna bentónica de caleta Potter.
Cincuenta años luego de su inauguración, la base Jubany es la base científica argentina por excelencia. Brinda facilidades y el apoyo primordial a las tareas llevadas a cabo por los distintos investigadores que desarrollan sus actividades en la zona.

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